Encomio del exceso

Somnianos de mi corazón:

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Ando últimamente cojeando de las dos piernas de mi espíritu, o al menos dos de las tres, y me arrastro a duras penas por el lacrimógeno arrabal de la vida, achacando mi gravedad al espanto recibido de ciertos estímulos que, como quimeras irónicas, esfinges que juegan con su presa antes de cazarla, han demostrado a mi alma cansada que hay montañas que no puede ascender; y ascensos que, quizás, después de todo, no merezcan la pena.

Probablemente muchos no hayan llegado a esta línea. Los que sí os preguntaréis qué me pasa. Yo os diré: «¡Mirad a vuestro alrededor!». Y ahí encontraréis vuestra respuesta. Quizás no sea la mía, pero os aseguro que sentiréis lo mismo que yo. Espanto, contradicción, cólera. Los tres secretos senderos que conducen al infierno.

He aquí lo que yo veo:

Hoy medito sobre cosas que vuelan en la neblina de mi espíritu. Inmoralidad por doquier. El hermano engaña al hermano, el dinero que todo lo compra y lo pervierte; muchos que merecen la nada obtienen el todo por el caprichoso gusto de un público corrupto; desigualdades que no tienen razón de ser méritos reales; gobiernos tiránicos allá donde haya gobiernos; hombres sedientos de sangre, unos de la sangre del corazón, otros de la sangre del alma; excesos de todo tipo, desde el más puramente monetario, al sexual, pasando por el tirabuzónico, que es como yo llamo al exceso de la vida, repleto de concupiscencia exagerada de todo lo que puede proporcionar placer y repulsión de todo lo que supone sacrificio por uno mismo o los demás; cómo las juventudes se aburren y pierden con el paro, se humillan con trabajos mal retribuidos o se destruyen con actividades inmorales pero lucrativas; la ruina de las letras, el desprecio de la ciencia, el abandono de los mayores, los deficientes y los enfermos; la soledad de los tristes; la vacuidad de las iglesias; la demagogia de la política; la debilidad de nuestras convicciones, antaño expansivas y arrogantes, hoy recluidas a la habitación de la vergüenza, abandonadas por molicie, ignorancia o temor a ostracismo social.

Pero no nos lamentemos: ¡loemos la locura y el exceso del mundo que nos rodea, pues esto es lo que mantiene la rueda girando! Mientras la rueda gire, el espectáculo que concentra nuestra atención insomne continuará variando, mutando, como los decorados de un teatro inmenso, como esas películas llenas de explosiones, acción, disparos, muerte y giros, que nos sorprenden a cada instante con algo más inesperado, con algo mayor, más luminoso, más ruidoso, en creciente enormidad, hasta que la pantalla no puede contener la magnitud del fuego, ni el ojo captar la abundancia del colorido, ni el pecho sostener el ritmo resonante de la música de viento. ¡Que no se detenga la rueda del exceso! ¡Que ascienda, que suba hasta el cielo, y luego inunde los espacios estelares! Allí donde antes había un beso furtivo, que sabía a gloria por ser prohibido, hubo luego una relación a medias oculta, y después la vanidad irritante de la publicidad; pero luego se convirtió en sexo en el parque, y más tarde en pornografía en los móviles, y las sonrisas fueron mayores, y los beneficios acudieron, y los ojos se pegaron a los aparatos electrónicos… hasta que la rueda siguió girando, y ya no bastó con acudir con todo el cuerpo y practicar todas las artes amatorias a la vista del mundo. Fue necesario incluso renegar del amor mismo, porque la rueda giró una vez más, y el amor quedó proscrito, y solo quedaron los cuerpos sudorosos. Pero ahora la rueda ha girado otra vez… el siguiente paso ¿cuál es? ¿La pornografía en la calle? ¿La pederastia consentida por la ley?

Pero no os quedéis con la anécdota sexual, solo útil para ejemplarizar la deriva de nuestro exceso siempre girante, siempre ascendente. ¡El exceso nos llevará a la culminación de lo humano; y después, a la divinidad! Pues ese exceso nos catapultará hasta la medicina que hará nuestras vidas interminables, hasta las políticas que harán nuestras sociedades paraísos, hasta las economías que harán nuestras vidas envidiables, y puede que hasta la robótica que hará nuestra vida… prescindible. No temáis. Más tarde, la mente humana se unirá con la robótica. Y seremos seres indestructibles, liberados ya de la pesada carga de la carne, mente eternas insertadas, como tarjetas de memoria externa, en CPU protegidas por carcasas metálicas y de plástico y carbono, capaces de resistir el paso de tiempo, de darnos cualidades que ahora ni soñamos. Y pronto aquellos que detenten el poder serán eternos. Una humanidad más allá de toda duda, más allá de toda miseria… ¿Os lo imagináis? Pues debéis hacerlo, debéis excederos en todo, porque este exceso será el vehículo de carga que nos trasportará hasta ese destino inevitable, probable y soñado del ser humano.

Excedeos en todo. Así lograréis ser exactamente hombres.

O eso dicen…

Yo ya no sé si mi espanto me hace imaginar lo que deseo, desear lo que temo o temer lo que imagino. Mi espanto es un grito primitivo, oscuro, quedo, profundo. Algunos dirán que es la voz de la naturaleza, y por eso la amarán; pero otros la odiarán precisamente por eso, y propugnarán una libertad más allá de la naturaleza. ¿Qué pienso yo? Que sea lo que sea, mi espanto es mi instinto. Y que siempre que me he fiado de mi instinto, me ha ido bien. Es mi refugio en caso de duda. Y esta es la realidad de mi pensamiento.

Por eso, mi espanto del exceso no es sino mi lucha por mi instinto, mi intuición espiritual. No creo que haya futuro para la humanidad si reniega de aquello que lo diferencia de los animales: su intuición moral.

Publicado por Somnia

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