Mis maestros

Somnianos:

Todos somos discípulos, aunque no lo sepamos. En la vida, en el trabajo, y por supuesto en la literatura. El albañil aprendió de otro albañil, el abogado aprendió de otros abogados, y hasta el político aprendió de otros políticos. Nuestros padres suelen los primeros maestros de nuestra vida, pero luego están los maestros de escuela, y los profesores de universidad, y hasta nuestros amigos… El saber es común, colectivo, dialogado. Y uno, como escritor, bebe de otros y a ellos les debe mucho de lo que es o puede llegar a ser.

Esto no necesita más explicación, diréis. Pero ¿cuáles son los maestros más importantes de mi carrera literaria?

Veréis… No estoy seguro…

¡Un momento!

¡Dejad de leer!

Iba a hablaros de esto, pero seguramente no os importa una mierda y no hayáis llegado hasta aquí. La mayor parte de vosotros habrá cortado en la segunda línea y habrá cerrado la página. Los que lo habéis hecho, os habréis quedado para saber cuáles son esos maestros, pero os voy a cantar a vosotros las cuarenta por los que se fueron, y os vais a quedar con las ganas de saberlo. ¡A la mierda mis pensamientos literarios! La gente no quiere saber todo eso; la gente quiere carnaza, quiere morbo, quiere música de mierda, tías bailando, coches, animales peligrosos o monísimos, polémica y odio que vuela por los aires entre enemigos políticos o entre equipos de fútbol; la gente quiere videojuegos, sobre todo sin son insustanciales y sirven para echarse unas risas enlatadas que se olvidarán pronto; la gente quiere Google, Youtube y Facebook; quiere Netflix, Instagram y Amazon. La gente quiere todo aquello que se pueda olvidar.

Pues aquí no vais a tener nada de eso. Ni tampoco literatura. Vais a tener desprecio. Y si os molesta, si os pica, y si no sois capaces de olvidarme en un día o en un año, ¡tanto mejor!

¡Largo de aquí! Cerrad la página, y borradla de vuestro historial y de vuestros marcadores. Insultadme si es necesario, pero ¡largo! En realidad, no sé por qué os digo nada. Sería mejor callar para siempre. Ojalá no tuviera ni una sola visita al mes. Ojalá no tuviera dos mil visitas. Ojalá no me siguieran decenas de personas. ¿Para qué? ¡Os importa una mierda lo que pienso y lo que hago! Pero tranquilos, a mí también me importa una mierda. No lo que hacéis vosotros, sino lo que hago yo. Lo vuestro me interesa muchísimo. Lo mío, no tanto. En realidad, no voy a volver a pensar si lo que hago está bien o no, si gusta o no gusta, si es bello o no. A partir de ahora voy a actuar sin meditar, voy a disparar primero y preguntar después, voy a poner lo que salga del nabo (¡mira, ya lo estoy poniendo!), y voy a decir al mundo: ¡Aquí estoy y aquí permaneceré! Como en Dune. ¡Toma! ¡Qué huevos tengo! Quiero improvisar y hasta me sale una referencia a un clásico que parece planeada.

En realidad, sí voy a deciros quiénes fueron mis maestros literarios principales, los que siempre tomo en mis manos cuando tengo una mala racha o cuando, como ayer, me dan ganas de dejar de escribir porque me viene un bajón de energía, pero no os voy a explicar nada de ellos. Si queréis saber algo, miráis la Wikipedia, que hoy es el summum de la sabiduría. Y luego os cagáis en ella, como suelen hacer todos los que creen que saben algo. Esos maestros fueron Tagore y Tolkien. ¡Coño, los dos empiezan por T! Ahora me acabo de dar cuenta. Tan mayor y tan tonto… En fin, dos monstruos de la literatura, y sobre todo dos monstruos de la vida. Ellos me inspiraron y me hicieron como soy.

Seguramente soy un bicho raro. ¿Y qué más da? Me gusta ser un bicho raro. Ojalá hubiera más bichos raros como yo. Al menos formaríamos una buena pandilla. Pero me quedaré solo, como siempre. Porque vivo en un mundo en el que cada sabemos menos, cada vez meditamos menos, cada vez oramos menos, y cada vez amamos menos. Metemos muchas cosas en nuestra cabeza, pero ninguna en nuestro corazón, salvo un puto veneno negro y putrefacto que destilan los medios de comunicación y las plataformas de vídeo, que nos va volviendo cada vez más dependientes, cada vez más estúpidos, cada vez más manejables y cada vez menos inquietos.

¡Ellos no quieren que nos preguntemos nada! Nos temen demasiado. Temen en lo que nos podemos convertir si pensamos. Por eso nos ofrecen todo, nos lo dan todo, con tal de seguir estúpidamente dormido en nuestras pequeñas cápsulas de líquido amniótico, como en Matrix. ¡Si supieran algunos cuánto de verdad hay en esto! Pero no hay que buscar ahí fuera. Hay que buscar en cada uno de nosotros: somos prisioneros de muchas cosas, ninguna de ellas necesaria, todas ellas accesorias, que forman una montaña de estiércol que nos aplasta y nos obnubila, como a escarabajos estercoleros en medio de un basurero.

Somos los hombres-escarabajo. ¡Eso somos! Putos escarabajos que viven de la mierda que otros cagan.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Solo.

Lo que yo decía.

Pero espera… aún quedas tú. ¿Por qué no te has ido antes? ¿Aún no has tenido suficiente?

¿No será que quieres dejar de ser un puto hombre-escarabajo?

Si es así, lee. A Tolkien. A Tagore. A mí. O a la madre del cordero. Pero lee.

Publicado por Somnia

Blog literario y magazine cultural

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