AVE DE FORTUNA

Queridos somnianos:

Hubo un tiempo en que yo escribía novelas de aventuras. ¿Qué os parece? Os habéis quedado de granito, de mármol, de piedra pómez, ¿a que sí? Bueno, tranquilos, prometo volver a hacerlo algún día, si eso os agrada.

En aquel tiempo (como suelen empezar las lecturas del Evangelio en la Misa), yo era un chiquillo inquieto y donoso, con sueños muy elevados, que creía tener ante sí la vida entera y la gloria al alcance de la mano.

Tiempo ha de aquello. Lo que queda de aquellos andurriales es una novela ya casi descatalogada que se publicó en 2009, si no recuerdo mal, titulada Ave de Fortuna, cuya portada y sinopsis os dejo a continuación, capturadas del único ejemplar que conservo en mi poder, ya un tanto envejecido. La edad no ha sido generosa ni piadosa con él. Es un librito de juventud, un pequeño cuento inmaduro que no ha resistido el paso de los años, y que ha llegado hasta esta nueva década triste y solo, como decía la canción.

Aun así, acaso valga la pena tenerlo en la biblioteca, porque lo aventuresco, lo divertido, lo ligero, es tan necesario y tan placentero como lo grave, lo esencial, lo sesudo.

Sinopsis de Ave de Fortuna

¿Cómo obtenerlo? No lo he intentado, pero creo que no podréis encontrarlo en ninguna librería. Se agotó, o eso tengo entendido, y luego fue el llanto y el rechinar de dientes. No he vuelto a saber nada de aquella editorial desde entonces, a pesar de mis intentos, de modo que imagino que se desentendieron de mi obra y la abandonaron en el cajón del olvido. Posiblemente no mereciera más, no digo otra cosa. Cada uno sabe las motivaciones de sus actos, y me permito suponer, como hombre razonable, que si la novela hubiera producido pingües beneficios, debido a su éxito entre el público, la editorial no solo no la habría repudiado como a una esposa estéril, sino que me habría solicitado, y acuciantemente, más entregas de las pobres aventuras de mis sencillos personajes. No habiendo sucedido este hecho, parece lógico deducir que no hubo interés por parte de los lectores. Cuando una obra no es demandada, lo cual solo sucede al venderse con cierta rapidez y evidenciar el público el ansia de su lectura con peticiones y reservas, es que su existencia no ha provocado apetito alguno. Lo que no se desea, se desecha. Esto es lo que marca la diferencia. Pasa todos los días, no hay que lamentarse. Miles de novelas son desechadas todos los días. Yo mismo, como lector, soy partícipe de esta silenciosa sentencia capital.

Pasemos a lo novedoso:

Tengo intención de lanzar AVE DE FORTUNA en la plataforma Kindle, de Amazon, dentro de un tiempo más o menos breve. Os avisaré cumplidamente cuanto esté disponible en dicha plataforma, esperando (esta vez sí) vuestra buena acogida. Mi intención es que lo podáis adquirir tanto en formato puramente digital, como en formato de tapa blanda, a un precio lo más asequible posible.

Pero, entretanto, para ir abriendo vuestro apetito, os ofrezco a continuación un EXTRACTO DEL PRIMER CAPÍTULO. Espero sinceramente que os guste.


PRIMERO: QUÉ SIGNIFICA SER BANDOLERO


‹‹Mi nombre es Aquiles Falcón, y ahora soy un hombre gastado. Dicen que todos los hombres tienen algún propósito en esta vida. Pero yo no era de esa clase de hombres, al menos hasta que conocí a Víctor Enríquez, el “Jefe”, bandolero, asesino y, a pesar de todo, gran hombre. Me encontré con él por vez primera en una mañana helada del mes de marzo. Rondaba el año 1910, y yo tenía dieciséis años.

Hay críos que no crecen nunca, y hombres que nacen ya hechos y derechos. A mí no me había quedado más remedio que madurar muy deprisa, tanto como me lo habían exigido la penuria y la desgracia, pues nacer yo y venirse abajo la relativa bonanza de mi familia habían sido la misma cosa. Mi madre, en efecto, quedó muy enferma del parto, y apenas pudo moverse de allí en adelante. Su maltrecha salud tuvo desde entonces muy perjudicado a mi padre, quien, entre trabajar y hacer por ella lo que ella ya no alcanzaba, no encontraba motivo para despojarse de su malhumor ni tiempo para sus hijos. Y mi hermano Pedrito y yo sufríamos por ambos, de uno la dejadez involuntaria; de otro el desprecio inocente. Así que, no bien alcancé la edad para partir de casa, me subí a lomos del primer mulo que me salió al paso. Era un adiós y, aunque mi corazón lloraba, mis ojos no daban cuenta. Ni mi madre ni mi padre demandaron una sola vez que me quedara. Pero no se lo echo en cara, ¡Dios es testigo!, ya que me parece que hicieron mucho trayéndome al mundo y manteniéndome, peor que mal, durante los pocos años que bajo su custodia estuve. Ahora que ya están muertos, le pido a Dios que premie sus sudores. Aunque, si hay algo que
me apena al recordar el tiempo pasado, es no saber qué fue de Pedrito, que más que un hermano fue un hijo, de tanto como lo quise y me desviví por él en el escaso tiempo en que anduvimos juntos en este mundo…

Así que tuve que buscarme la vida. Marché muy temprano aquella mañana, pues pensaba que, en la desventura en que me hallaba, lo mejor era aprovechar la circunstancia de no estar nuestro pueblo lejos de Madrid. De camino a la ciudad me fui convenciendo de que, sin duda, actuaba correctamente, puesto que la capital daba cobijo por entonces a miles de personas venidas de lejos, y se la tenía por lugar muy próspero. Mas no estaba en condiciones de adivinar lo extraña que había de resultar mi primera venida a esta gloriosa villa. Pues, en efecto, nada más divisar a lo lejos las primeras casas que mostraban la cercanía de la ciudad, me salió al paso, por el camino por el que, cansado y polvoriento, transitaba,
cierta tropa de bandidos que a todo trapo huía en desbandada, seguidos muy de lejos por un número de policías imposible de conocer exactamente. Aunque, la verdad, los dignísimos huidores no tenían gran prisa, se afanaban poco por escapar de la vista de los guardias, e incluso hablaban entre ellos de aflojar la
marcha, dándose gritos predisponiendo algún plan para esconderse. Así me lo pareció de lejos, ya que, curioso e ingenuo, me planté a un lado del sendero por verlos llegar. Ellos, topándome allí, se detuvieron a observarme a unos metros, mas, cayendo en la cuenta de que no llevaba uniforme ni pistola, reanudaron su camino hasta rodearme. Enseguida uno que debía de ser el cabecilla ordenó apresarme de manos y pies, amordazándome a la par boca y nariz. Y así, cojo, manco, mudo y casi ahogado, ni los brazos, ni las piernas, ni el oído, ni la vista me servían ya, en parte por la sorpresa inesperada que me
embargaba, en parte por la velocidad con que, a partir de ese momento, los fugitivos se dividieron, llevándome entre dos, y cruzaron campo a través en dirección a algún lugar secreto.

-¡Todos a “La Fea”! –había gritado una voz enérgica.

Pronto me percaté de que me habían transportado a una cueva. En realidad, no supe cuánto tiempo tardamos, si bien calculé que no debió de haber superado las cuatro horas. La cueva en cuestión estaba emplazada en lo alto de una gran elevación rocosa, y su posición se disimulaba gracias a la abundante vegetación y la formación irregular de la montaña. A ella sólo se llegaba por senderos escondidos, que vadeaban un profundo lago y se internaban en los bosques enmarañados, para salir de nuevo al lado opuesto de la elevación, desde donde, entre desfiladeros y ondulaciones, era posible alcanzar la abertura del refugio. Ni en días de claro sol era visible éste, ya fuera por la altura de la montaña, ya fuera por las abundantes sombras que aquí y allá se formaban gracias a las rocas y los árboles.

Allí cada uno atendió en silencio y con premura a sus obligaciones, con el fin de esconder lo antes posible el rastro a los perseguidores, y estar prontos para la huida o la pelea, si era necesaria. Yo, aún ciego, oía su trajín y sus rápidos pasos, y las órdenes secas e imperiosas del cabecilla, a quien todos obedecían sin decir esta boca es mía. Me inquietaba más y más, sentado contra la fría pared sin poder adivinar la intención de mis raptores ni conocer al menos su faz, ni saber de qué clase de hombres se trataba. En mi atrevida juventud hallé la fuerza para tramar un posible plan de escape, pero la realidad me era realmente adversa, como pude comprobar después.

En efecto, no tardando mucho me fueron retiradas las vendas que cubrían mis ojos y las cuerdas que inutilizaban mis manos y pies. Ante mí pude contemplar la hosca expresión de un hombre alto, moreno y bien parecido. Sus ojos eran pequeños y mostraban audacia. Su boca tenía labios finos y dientes bien cuidados. Su pelo era abundante y coronaba sus hombros entre rizos negros, símbolo de vigor, señal de bravura. No dijo palabra al verme durante unos segundos, y me miraba fijamente, como si quisiera averiguar mi nombre y mi pasado en mis ojos. Un instante mantuve la mirada, pero enseguida la retiré,
acobardado ante su fuerza. Entonces me habló:

-¡No temas! No te haremos daño –me dijo, suavemente.

-Gracias –balbucí, mirándole de nuevo.

-¿Cómo te llamas, muchacho? –me preguntó.

-Aquiles, señor, para servirle a usted y a su familia –contesté, lo más humildemente que fui capaz, pues advertía que no estaba en posición de mostrar altivez alguna.

Él soltó una carcajada alegre, no burlona, sino risueña, al modo en que los niños saludan la llegada de un perro o el descubrimiento de una paloma.

-¡Bien! ¡Me gustas! –dijo entre risas-. Eres un buen muchacho, te lo noto en la vista y en las palabras. No tienes doblez y se puede confiar en ti. Además, eres agradecido, y eso te vendrá muy bien conmigo>>.

Publicado por Somnia

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