La gloria de los caídos

Queridos somnianos:

A menudo, las cosas no son lo que parecen. De qué forma la Historia recuerda los hechos es uno de los grandes interrogantes que los historiadores (encargados de escribir la gran crónica del mundo) enfrentan ante acontecimientos tan extraordinarios como este. Hablamos de lugares extraordinarios, de gentes extraordinarias, en tiempos extraordinarios. ¿Quién proclama a los vencedores de una batalla? ¿Quién corona a los héroes y quién canta sus gestas? ¿Quién decide lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto? Casi siempre, entre la gloria y el olvido hay solo un paso de distancia.

Un paso es lo que separa también la vida de la muerte cuando uno está a miles de metros de altura, sosteniéndose a duras penas sobre las laderas heladas del Himalaya. Allí, sobre las nubes y sobre las naderías cotidianas, la línea que divide éxito y fracaso es tan delgada que se difumina en el viento. En última instancia, allí no hay vencedores; siempre vence la montaña, incluso cuando es hollada, porque no admite ser habitada ni puede el hombre perpetuarse en su culmen. ¿Quién decide, pues, a quién otorgar la gloria de la conquista, si no hay conquista posible?

He aquí uno de los grandes misterios de la humanidad en el siglo XX. En 1953, el hombre puso su pie por primera vez en la montaña más alta del planeta, el Everest. Fueron el neozelandés Hillary y el sherpa Norgay quienes hicieron cumbre. Pero ¿y si dos hombres les hubieran antecedido casi treinta años?

De izquierda a derecha, Irvine y Mallory

En efecto, así pudo haber sido. En 1924, los británicos Mallory e Irvine intentaron lograr al ascenso en la mañana del 9 de junio, con equipos insuficientes y con unos primitivos sistemas de oxígeno. Ascendieron y ascendieron. Llegaron por encima de los 8200 metros, y allí fueron vistos por última vez por su compañero de expedición Noel Odell, mientras se elevaban por encima de una cresta que les daba paso hasta expedito hasta la cumbre, hasta que una nube negra los cubrió. Nunca regresaron.

En 1999, una expedición encontró el cuerpo de Mallory a unos 8100 metros, con signos de haber sufrido una caída. El cuerpo de Irvine continúa desaparecido. Mallory no llevaba en la cartera la foto de su mujer, que prometió dejar en la cima cuando la alcanzara. Tampoco llevaba la cámara de fotos, que portaría su compañero Irvine.

La pregunta es: ¿llegaron a coronar el Everest? Quiero creer que sí. Es una historia suficientemente romántica para permitirse soñar. Pero, lamentablemente, quizás nunca lo sepamos. El misterio sigue vivo. La Historia encumbra aún a Hillary y Norgay. A los caídos no se les otorga la gloria del recuerdo, salvo aquí, en nuestro mundo particular, en esta Somnia en la que los caídos son casi siempre más admirados y amados que los propios héroes que regresaron victoriosos. ¡Gloria a los caídos! Yo sí creo que lo lograron.

Everest

Publicado por Somnia

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